Por generaciones, el nombre de Alberto Adriani ha acompañado la vida cotidiana de los habitantes de El Vigía y del occidente merideño. Aparece en el membrete de documentos oficiales, en escuelas, avenidas, bibliotecas y hasta en la cátedra de participación ciudadana de la Universidad de Los Andes. Pero detrás de ese nombre hay mucho más que un homenaje: hay una historia de visión, inteligencia y compromiso con el país que lo convierte en una de las personalidades más influyentes de la Venezuela del siglo XX.
Nacido en Zea, estado Mérida, el 14 de junio de 1898, Alberto Rómulo Adriani Mazzei fue hijo de inmigrantes italianos que llegaron a Venezuela en busca de oportunidades. Desde muy joven mostró un carácter inquieto, estudioso y curioso. Su formación inicial estuvo marcada por una rigurosa educación en su pueblo natal, donde aprendió telegrafía, música, contabilidad e idiomas. Luego cursó el bachillerato en Mérida, donde comenzó a destacarse por su capacidad de análisis y redacción. En 1917 se mudó a Caracas para estudiar Ciencias Políticas en la Universidad Central de Venezuela, etapa en la que conoció a importantes figuras del pensamiento nacional como Mariano Picón Salas, con quien trabó una amistad intelectual duradera.
El inicio de su carrera diplomática estuvo marcado por la confianza que depositó en él Esteban Gil Borges, entonces canciller de la República, quien lo designó como su secretario. A partir de allí comenzó un camino que lo llevaría por Ginebra, Nueva York, Londres y Washington, donde dejó una huella profunda como representante de Venezuela ante la Sociedad de Naciones y como jefe de la División de Cooperación Agrícola en la Unión Panamericana. Su formación académica también se expandió en esos años: se graduó como economista en la Universidad de Ginebra en 1925 y estudió diversos modelos económicos que luego adaptaría con mirada crítica a la realidad venezolana.

Uno de sus mayores aportes al país fue, sin duda, el rescate del Archivo Colombia de Francisco de Miranda, que localizó en Inglaterra y gestionó para su traslado a Venezuela. Esa acción, que hoy sería reconocida como un esfuerzo de repatriación patrimonial, revela el nivel de compromiso que Adriani tenía con la memoria histórica nacional. También publicó numerosos artículos en revistas internacionales, alertando sobre los peligros de una economía exclusivamente petrolera, y propuso la creación de un Banco Central y políticas arancelarias para proteger la producción nacional. Sus ideas —claramente adelantadas a su tiempo— advertían sobre el fenómeno conocido como “enfermedad holandesa”, mucho antes de que ese concepto existiera formalmente.
En 1930 regresó a Venezuela y se estableció en su tierra natal, donde se dedicó a la agricultura mientras continuaba escribiendo y publicando. Su pensamiento era claro: el desarrollo económico debía ir de la mano con la formación ciudadana, la educación rural y el fortalecimiento del campo. A pesar de su distancia con los centros de poder, fue llamado por el presidente Eleazar López Contreras en 1936 para ocupar los ministerios de Agricultura y Cría, y posteriormente el de Hacienda. Desde allí impulsó reformas importantes, promovió la creación de revistas técnicas como El Agricultor Venezolano, reorganizó el sistema fiscal y elaboró propuestas que, de haberse mantenido en el tiempo, podrían haber cambiado el curso del desarrollo económico del país.
Su muerte repentina, ocurrida el 10 de agosto de 1936, truncó una carrera pública que apenas comenzaba a mostrar su alcance. Tenía apenas 38 años, pero había logrado construir un pensamiento sólido, técnico y profundamente comprometido con el bienestar colectivo. Sus ideas fueron recopiladas en el libro Labor Venezolanista, publicado de manera póstuma, que hoy se considera una lectura obligatoria para quienes estudian el pensamiento económico venezolano.
Su muerte repentina, ocurrida el 10 de agosto de 1936, truncó una carrera pública que apenas comenzaba a mostrar su alcance. Tenía apenas 38 años, pero había logrado construir un pensamiento sólido, técnico y profundamente comprometido con el bienestar colectivo. Sus ideas fueron recopiladas en el libro Labor Venezolanista, publicado de manera póstuma, que hoy se considera una lectura obligatoria para quienes estudian el pensamiento económico venezolano.
En 1955, casi veinte años después de su fallecimiento, el Estado venezolano decidió dar su nombre a uno de los municipios de mayor crecimiento del occidente del país: el municipio Alberto Adriani, con capital en El Vigía. Esta localidad, ubicada en una zona estratégica de paso entre los Andes, el Zulia y los llanos, se ha convertido en un centro económico fundamental para Mérida. Sus extensas plantaciones de plátano, sus fincas ganaderas, su industria láctea y su vocación de servicios reflejan, en muchos sentidos, el ideal agroproductivo que Adriani defendió en sus escritos.
Hoy, a más de un siglo de su nacimiento, su pensamiento sigue vigente. Diversos economistas, historiadores y docentes siguen citando sus análisis como referencia para entender los errores estructurales del modelo rentista y la urgencia de diversificar la economía nacional. Y en El Vigía, donde su nombre está en todas partes, aún hay quienes lo recuerdan con respeto, aunque no hayan leído sus libros. Como dijo alguna vez un profesor del núcleo universitario que lleva su nombre: “Adriani es un ejemplo de lo que significa pensar en grande, desde un pueblo pequeño, y soñar con una Venezuela que crezca sin olvidar a su gente ni a su tierra”.
El legado de Alberto Adriani es, en definitiva, más que un homenaje nominal. Es una invitación permanente a pensar el país con rigor, pasión y responsabilidad. Es la memoria de un hombre que no gobernó, pero que dejó ideas para gobernar mejor.LisandroRamirezSegura/Pasante UNICA.





